Todo cuanto encontréis aquí escrito - salvo lo especificado - son retazos de mi caótica mente, fragmentos de vidas pasadas, de mi presente, o del presente de algún alma errante imaginado.

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Arpegios

sábado, 31 de octubre de 2009

Diablerie



El sol desapareció lentamente tras el promontorio, cuya sombría masa se destacaba contra el cielo, yendo acompañado su lento declinar por un abigarramiento multicolor, transparente a través de las nubes, de matices purpúreos, rosados, violetas, verdes y dorados, con diversas sombras de diferentes formas, cuyos contornos hacían pensar en gigantescas figuras irreales.

El único barco a la vista que se divisaba netamente era una goleta extranjera que, con todas las velas desplegadas, se dirigía al oeste.

Poco antes de las diez, la atmósfera se puso tan oprimente y el silencio era tan profundo, que se oía claramente, en lontananza, el balido de un cordero o el ladrido de un perro.

De repente, estalló la tempestad. Con una rapidez increíble, y que aún ahora nadie ha logrado entender, toda la Naturaleza cambió de aspecto en unos momentos. El mar, tan calmado, se transformó en un rugiente monstruo, con las tumultuosas olas cabalgando unas sobre otras. El oleaje, cargado de espuma reluciente, se estrellaba alocadamente contra la playa. Otras olas se quebraban contra el muelle. El viento giró al nordeste y disipó la niebla; entonces, cosa casi increíble, la goleta extranjera pasó entre las dos moles del arrecife, saltando de ola en ola, en su rápido curso, poniéndose al pairo dentro del puerto.

En su entrada, fue seguida por las luces del proyector... ¡y cuál no sería el horror de la multitud cuando, atado a la rueda del timón, se divisó un cadáver con la cabeza colgante, oscilando de un lado a otro, según el movimiento de la embarcación! La goleta acababa de entrar en el puerto por milagro. ¡Era la mano de un muerto la que dirigía el timón!

El choque fue considerable. Los mástiles y el cordelaje cedieron y, cosa inesperada, tan pronto como la proa de la goleta tocó la arena, surgió de la cala un perrazo enorme, que saltó sobre el puente, como impulsado por el choque, y se precipitó a la orilla. Dirigiéndose a toda velocidad hacia lo alto del acantilado, donde se halla el cementerio.

Entonces, todos vimos al guardacostas correr hacia popa, inclinarse hacia el timón para examinarlo, y retroceder al momento como asaltado por una irresistible emoción. El marinero estaba atado por una cuerda a la rueda con las manos amarradas una sobre otra. Entre la palma de una mano y la madera de la rueda, se hallaba un crucifijo...


(Estracto de la novela de Bram Stoker - Drácula)


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bueno el extracto. Recrea una atmósfera inquietante, diabólica.

fabián morales dijo...

Habrá que leerlo, cuando terminé con 1984 de George Orwell