Todo cuanto encontréis aquí escrito - salvo lo especificado - son retazos de mi caótica mente, fragmentos de vidas pasadas, de mi presente, o del presente de algún alma errante imaginado.

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Arpegios

sábado, 26 de septiembre de 2009

E=mc**2



Lentamente... se acercaron, en silencio, hasta casi rozarse con los labios, ahora entreabiertos...

Y él, intrépido se apresuró a hacerle cerrar los ojos... con un único deseo… ella perdería la consciencia, su consciencia se perdería junto a la suya. Tan solo podía él ahora observarla, sumida en un leve pulsar que latía en el interior, en su interior.
Era entonces ella la que comenzó a estremecerse... había comenzado contorneándole el rostro, y su suavidad no terminaba allí, sin quererlo, tenía la contrapartida, ahora era él, quien... comenzaba a perderse, en sus ojos ya entreabiertos... pero por mucho que quiso resistirse aferrado en sus pestañas... finalmente cayó hasta el fondo de su mirada… Continuó siguiendo la fina línea de la mandíbula hasta llegar al cuello, donde se dejo casi caer para poder aspirar el fino aroma embriagador que desprendía, la besó muy suavemente, con cuidado, sintiendo como temblaba levemente..

Ella, por su parte, intentaba aferrarse a su cuello, acariciándole el pelo con ternura, intentando no caer extasiada por el deseo irreflenable que comenzaba a palpitar en su interior. Sus labios recorrieron despacio su mandíbula, sus pómulos, sus orejas. Entre divertida y juguetona, entre mayor y pequeña... para volver de nuevo a esos labios carnosos que le hacían volverse loca, obsequiándole con pequeños mordiscos, en las comisuras de sus labios, mas fuerte, mas suave, mas deprisa, mas despacio...

Y seguía temblando.

Entonces, sin darse cuenta, él estaba sujetándole el rostro con las palmas de sus manos. Había vuelto por un momento en sí... percatándose de la inmensidad del regalo que le estaba haciendo, y quiso devolvérselo. Le elevó suavemente la cara y ella continuaba aferrándose, ahora mientras le conducía hacia más abajo, le había llevado hasta el lado izquierdo de su cuello, con ternura, pero sin querer dejarlo escapar de aquel sueño, y volvía a él su aroma, esta vez más intenso que las anteriores.

Ella podía sentir su respiración, como un suave susurro que le hacía ponerle la carne de gallina. Él presionaba suavemente sus labios contra su cuello, en un pequeño mordisco, y saboreaba con cuidado cada resquicio de su piel. Le hacía cosquillas. Pero le gustó la ternura con la que hacía cada movimiento, casi como acunándola entre sus brazos.




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